En 1987 publicó entrevistas a Bioy Casares. En 2013, su libro sobre Mary Shelley. En el medio, mucha ficción. Foto: Ricardo Coler

En 1987 publicó entrevistas a Bioy Casares. En 2013, su libro sobre Mary Shelley. En el medio, mucha ficción. Foto: Ricardo Coler

El iceberg (o un Frankenstein de obras)

“Una mañana el idiota trajo un cuervo hasta mi casa. El cuervo era negro como todos los cuervos, pero era más grande que todos los cuervos. El idiota lo había atrapado. Su cautiverio fue breve. Con el mismo impulso con que se liberó de nosotros, el pájaro echó vuelo en dirección al río atravesando el círculo perfecto de la Luna”. (“Naofanía” de La divina proporción y otros cuentos, 1994).

“En casa, Rita Lavenza se encerró en su habitación. Se sonó la nariz porque estaba resfriada y abrió la cartera porque estaba nerviosa. El contrato que había firmado con el doctor Salvo estaba en el fondo. Lo guardó en el cajón de su mesa de luz. Sentada en la cama, dejó los ojos libres por el cuarto. Oyó pasos en la escalera. El profesor golpeó la puerta. Ella dijo sí y se movió apenas para recibirlo con una sonrisa de esas de ella. Estaba radiante”. (Radiana, 2007).

“Los cirujanos esperaban a los pies del patíbulo. Tuvieron que prohibir las ejecuciones públicas para proteger a los cirujanos de la furia popular. Los amigos y parientes del condenado querían el cuerpo para enterrarlo y los cirujanos lo necesitaban para conocerlo. Había más médicos y estudiantes que asesinos condenados a muerte. El caldaso no daba abasto. ¿De dónde sacaban, entonces, los profesores de Anatomía y sus estudiantes, los cuerpos que necesitaban para conocer el cuerpo humano? Todos lo sabían. El 10 de diciembre de 1813, el Times publicó…”. (La mujer que escribió Frankenstein, 2013)

Sobre la autora

Esther Cross (Buenos Aires, 1961) tuvo un paso de apenas un año por la Facultad de Letras en la UBA, para luego graduarse de licenciada en Psicología. Sus comienzos en la literatura están asociados a la voluminosa biblioteca de su padre y a su asistencia al taller literario de Félix della Paolera. De esa experiencia surgió su participación en el libro de conversaciones Bioy Casares a la hora de escribir, publicado en 1987, el mismo año en que Cross recibió un premio de la revista Puro cuento por su relato “Sentido pésame”.
Entre sus obras se destacan La divina proporción y otros cuentos, Crónica de alados y aprendices, La inundación, El banquete de la araña, Kavannagh, Radiana y su reciente La mujer que escribió Frankenstein.
Su cuentos fueron premiados por la SADE y las revistas First y Plural (México). También recibió menciones en los concursos Juan Rulfo y Manuel Mujica Láinez.
Tradujo Once tipos de soledad (de Richard Yates) y La misma sangre y otros cuentos (William Goyen).

Con su singular libro sobre la creadora de Frankenstein, Cross revolvió un tiempo de terror vital, reencontró su origen y cambió hasta su forma de leer. OTROS CÍRCULOS le preguntó por fuentes, géneros, cementerios, el verdadero Bioy Casares y cómo se empieza a publicar. Ficción y no ficción.

Es puntual, dispuesta, gentil. Elige una Coca-Cola light fresca. Sonríe. Habla sin apuro. “Me cuesta definirme. Cada vez estoy más metida con la lectura y me parece que es lo que va definiendo lo que hacés… Sinceramente esto de ficción o no ficción a mí se me fue desdibujando cada vez más… Como yo no tengo formación académica literaria, para mí leer ficción o no ficción en un punto siempre fue parecido. Leo ensayos como si fueran ficción”, ensaya la mujer que escribió La mujer que escribió Frankenstein (emecé: 2013).

En éste, su último libro, se advierte un zurcido preciso de datos, anécdotas, chismes, diarios personales, cartas, avisos clasificados y otras fuentes, en torno a la vida lírica y desgarradora de Mary Wollstonecraft Godwin (Mary Shelley). La obra que la hizo famosa, Frankenstein o el Prometeo moderno (1818), nació como se sabe de un pasatiempo entre poetas. Pensada como un relato de pocas páginas —así lo cuenta ella en la introducción que agregó en 1831—, mutó en la más intensa y potente criatura del terror gótico de todos los tiempos. Cross se puso a revolver ese origen y el de su autora, y volvió al propio.

“Mi formación de lectora fue de francotiradora. Yo leía por mi cuenta. Tenía a disposición una biblioteca de primera, de mi viejo, que era profesor de Letras —le cuenta Cross a OTROS CÍRCULOS—. Estaban esos ensayos literarios impresionantes, de la editorial Gredos, de Alianza. Siempre leí parejo y por ejemplo los ensayos de El otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga, lo leía como literatura, con esa fascinación….”.

“Escribir La mujer que escribió Frankenstein fue como volver a eso… Ahora estoy en un momento de revisión. Siento esta cosa de volver… me pasó con este libro. Escrito con la fascinación y la calentura de lo que iba leyendo, en un momento me pregunté, ¿qué hago? ¿Escribo una biografía? Si escribía una biografía académica me aburría. Las biografías noveladas en general me espantan: escribir una biografía novelada es como mentir, porque falseás datos o a partir de un dato salís volando, tomás un atajo que ficcionalizás… Yo acá me quedé con los hechos. No es académica: no trabajo con notas a pie de página ni cierro información, yo prefiero que se abra. Todo lo que aparecía superaba todo lo que podía imaginar”.

En qué género se encuadra su Frankenstein es una pregunta que hilvana la charla. Quizá, más que una biografía sobre esa mujer, sea una radiografía de aquel tiempo oscuro y diáfano, despabilado y sonámbulo, romántico, enfermo pero vital, científico y recargado de deseo sobrenatural, exaltado a la vez por la muerte, la resurrección y la poesía, del que emergió el monstruo.

O quizá, y por qué no, este trabajo que hace volver sobre sus pasos a Cross —lectora compulsiva, francotiradora e irreverente a los moldes—, pueda pensarse como una traducción. La traducción de una época (de anatomistas, sepultureros, ladrones de tumbas, poetas góticos y fanáticos de la ciencia). La versión de una atmósfera. Su versión, hecha de a espasmos, jirones y papeles reacomodados. Un modo en que Cross dice casi lo mismo (al decir de Umberto Eco sobre la traducción) que aquel tiempo.

Un corazón y otras sobras

“Estaba escribiendo, hace mucho, una novela sobre un tipo que inventa una robot, le cambian los huesos de la mano por unas prótesis y al personaje le puse Rita Lavenza”. (La novia de Frankenstein era Elizabeth Lavenza). “Ese libro era Radiana. Releía Frankenstein y en la biografía estaba eso de que Mary Shelley tenía guardado el corazón de su marido… Era para una novela. Me quedé enganchada con eso y ahí empecé a buscar más sobre Shelley y apareció lo de las disecciones”.

“El poeta Shelley apareció ahogado en la orilla, desfigurado por el mar (…) Ella no fue porque esas ceremonias eran asunto de hombres pero un amigo salvó su corazón del fuego y se lo dio. Mary Shelley lo envolvió en la primera página de una poesía. Lo guardó y lo llevaba con ella (…)”, escribe Cross en el arranque del libro.

En la lápida de la tumba del compañero de Mary, Percy B. Shelley, un epitafio dice “Corazón de corazones”, pero revela que a esos restos les falta, en rigor, el corazón…. “Así que en una tumba (la de Percy, en Roma) hay una urna con cenizas incompletas y en la otra (la de Mary, en Bornemouth) hay un corazón de más”, dice la escritura despojada de Cross. Y agrega que esta última tumba tiene “partes de personas que la rodearon” y es “un mapa mudo de su vida”.

En la entrevista, Cross explica que esa historia potente, bella y tremenda, la del corazón, ha sido usualmente desechada. Y por eso decidió jerarquizarla.

“Por la fascinación por el tema te descubrís en lo que escribís. Una vez que escribiste algo estás expuesto ahí y no podés salir. En el caso de este libro me apareció toda esta fascinación con la cosa médica y el tema del cuerpo y me di cuenta de que tenía un enganche con el cuerpo expuesto y usado como algo comercial. Después recordé que había escrito para Radar una nota sobre talleres de disecciones que se hacen en Estados Unidos, que están de moda”.

Borrador de traducción

Entre las fuentes troncales que usó Cross, muchas en idioma original (inglés), la autora menciona “un texto de Virginia Woolf y otro sobre Byron, uno de Ruth Richardson, otro de Marshall, y varios sobre Frankenstein y los ladrones de tumbas”.

“Estuve mucho tiempo leyendo y estaba llena de lecturas de morbo, de anatomía. Es meterte en un mundo que es un gabinete de curiosidades por internet, hasta que un día dije ‘me siento y hago algo con esto’. Estuve mucho tiempo leyendo, era como un canal en paralelo —cuenta Cross—. Algunos textos en los que me basé para armar el libro están online, son de dominio público. Otros los pedí y conseguí yendo de viaje o por Amazon. Los diarios, por ejemplo. Esperaba durante meses que me llegaran”.

Se conoce como textos paralelos al material empleado en el proceso de investigación preliminar a toda traducción, que permitirá al traductor sorber la época y el estilo del autor y del texto de partida, así como saldar dudas y adquirir el tono necesario para verter su texto de llegada. Por qué no pensar a todo este material que fue sorbiendo Cross, como textos paralelos para la traducción de una época. Su versión de aquella atmósfera.

Por qué no pensar a La mujer que escribió… como la pócima de una traducción.

Uno de los textos paralelos es el diario de Mary Shelley. Cross lo describe así: “Es grueso, tiene entradas todo el tiempo, de golpe en el costado están las cuentas con las listas de libros que leían, dibujitos de paisajes hechos por Shelley, la lista de los remedios que tomaban los hijos…”.

“Lo de la letra grande —explica— lo saqué de copias de manuscritos de ella, hay páginas de Frankenstein donde se ve su letra muy grandota con muchos errores de ortografía. Cuando Percy Shelley muere, el diario es como un canto, un llamado, ella sale y vuelve… Yo me la imagino a la noche… uno inventa… Y se queja porque está sola y no la registran, y de repente empieza con ‘Shelley… Shelley, ¿dónde estás?’”.

“No es el diario de una escritora con cuestiones literarias, es totalmente personal. No tiene disquisiciones estéticas —precisa Cross—. Ella era una escritora profesional, escribía para ganar el mango, le pedían un ensayo y lo escribía”.

El verdadero Bioy

En 1987, Esther Cross publicó junto con Félix della Paolera un libro de entrevistas a Bioy Casares (Bioy Casares a la hora de escribir). Era muy joven. Lo recuerda así:

“Bioy y Borges eran señores ingleses, lo que conocí fue eso. Hay una parte que no aproveché mucho, por timidez, yo tenía 27, 28 años. Iba a su casa y nos sentábamos en el escritorio de Bioy con Félix della Paolera, se abría la puerta y entraba Silvina Ocampo, que era más que si entrara Elvis Presley”.

“Yo casi no hablaba pero aprendí mucho… era un librito de entrevistas; Bioy lo agarró, lo corrigió todo como si fuera un libro de cuentos —continúa Cross—; se fijaba en las citas que estuvieran bien. Venía al taller de Grillo, se desgrabó, empezó a corregir él todo el libro, fue un laburo de edición, fue como haber hecho un taller de primera en meses. Yo vi esa parte de él, la educada, la que hablaban con Grillo de libros. Pero creo que el verdadero Bioy es el que se destapó, es la venganza del tímido”.

“Grillo lo convenció de hacer un guión y se lo llevamos a la directora de cine María Luisa Bemberg. Quien le sugirió a Bioy que podían incluir en el guión a algunas de las ‘amigas’ que Bioy había tenido y él no dijo nada, pero a la noche le dijo a Grillo que no iba a hacer ese documental porque iba a ser una vergüenza. El documental era sobre literatura pero lo iban a presentar como si fuera un playboy latinoamericano, dijo. Pero creo que la timidez es proporcional, eso tan serio, es inversamente proporcional a lo que se tapa”.

“Hay una entrevista de Silvia Hopenhayn, buenísima, en YouTube, con Bioy muy grande; es el Bioy que aparece en el libro Borges, él le dice sobre unos tenistas: ‘De éstos tengo algunas anécdotas que no son para contar en cámaras’, ¡e inmediatamente las empieza a contar!. O cuenta que Daniel Martino le dijo que iban a sacar partes del libro Descanso de caminantes, porque muchos se iban a ofender, pero él le dice riéndose: ‘Bueno, dentro de 20 o 40 años, van a poder estar esas partes’. Yo no conocí ese Bioy pero creo que uno es las dos cosas: lo que se tapa y la necesidad de haberlo tapado”.

Presente y futuro

Después del baño en el siglo XIX que la hizo “volver a su origen” junto al de Frankenstein, Cross está produciendo una novela sobre el mundo burrero: jockeys, hipódromos y afines, cuenta. Le está haciendo ajustes: “No estoy cómoda con la forma de novela como estaba antes —cuenta—. Después de escribir La mujer que escribió Frankenstein me cuesta leer una novela como antes”.

“Voy leyendo de todo, mezclo”, insite Cross. Los autores contemporáneos, nuevos, que más le gustan, son Julián López, Selva Almada, Mariana Dimópulos, Ariel Magnus… De Magnus, resalta que su obra es impredecible y comenta: “Sacó un libro sobre la Villa 31 que es impresionante”. También nombra a Fernanda García Lao, Ana Cerri, “que empezó a escribir a los 65 años y tiene un libro de cuentos que se llama Límite Oeste”, y a Mercedes Araujo, autora de La hija de la cabra.

Publicar, cuenta Esther, que arrancó muy joven, es algo más fácil ahora. “Antes no había tantos premios, blogs o redes sociales. Ahora hay páginas donde podés poner un cuento, se produce un tejido con otra solidaridad, una movilidad más grande… Si me gusta el texto en un concurso —suele ser jurado y lo disfruta—, aunque esa persona no gane, si luego publica yo voy a leerlo”.

“Yo soy obsesiva, soy el aparato que lee ¡todo! Trato de leer todo, sabés que alguien que recién empieza en un libro de cuentos no va a ser todo de primera, pero aparecen cinco cuentos joya, ahí hay algo. Por eso me gusta también dar talleres. Los concursos están buenos para dar a conocer, las redes ayudan… es difícil pero se puede”.

Fuentes consultadas:
La mujer que escribió Frankenstein (Esther Cross, Emecé: 2013)
Frankenstein (Mary Shelley, Penguin Popular Classics: 1994. 1º edición: 1818)
“Naofanía” en La divina proporción y otros cuentos (Emecé: 1994).
Radiana (Emecé: 2007).