La idea de “empate catastrófico” ayuda a bucear en aquella tensión entre dos Argentinas, plantea el autor.

La idea de “empate catastrófico” ayuda a bucear en aquella tensión entre dos Argentinas, plantea el autor.

Aniversarios

En 2013 se cumplen 30 años del retorno de la democracia, 37 del último golpe militar y 10 desde que se anularon las leyes que impedían juzgar a los responsables del terrorismo de Estado.

La Argentina actual continúa ligada, para bien y para mal, a la de aquel punto de bifurcación, lleno de hibrideces y contradicciones, que pasó “hace una eternidad… un instante”. Qué fue de sus múltiples protagonistas y sus complejos, grandes temas. Qué significa hoy 1983.

Tres décadas pasaron de aquel año en que todo cambió en la Argentina. Una eternidad, un instante. El “se va a acabar/ se va a acabar/ la dictadura militar” dejó de ser un sueño, un eslogan coreado por miles de personas, y se convirtió en un hecho concreto. El “Proceso” se acabó, pero la democracia sufre aún más de un legado de los tiempos autoritarios.

Muchos de los protagonistas de 1983 mantienen su vigencia en la vida nacional y otros se alejaron de la escena pública: el último dictador, Reynaldo Bignone, de 85 años, está condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad; Fernando de la Rúa, pulverizado en la interna del radicalismo y luego senador por la Capital, afrontó varias causas judiciales tras su renuncia a la Presidencia en 2001 y se enfrenta a un tribunal por el supuesto pago de coimas en el Senado; los gobernadores electos de La Rioja y San Luis, Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá, respectivamente, son hoy senadores por sus provincias; el mandatario electo de Santa Cruz, Arturo Puricelli, es ministro de Defensa; José Manuel de la Sota, que vio escapar sus aspiraciones a la gobernación de Córdoba y a la intendencia de la ciudad capital, alcanzó la máxima autoridad provincial y quiere convertirse en el candidato presidencial peronista en 2015; Antonio Cafiero se quedó sin nada en 1983 y hoy, con 90 años, está retirado de la actividad política y acaba de publicar sus memorias; Isabel Perón, con 82 años, continúa en Madrid como hace seis lustros; Adolfo Pérez Esquivel prosigue su lucha en pos de los derechos humanos; y Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto aún buscan a sus familiares detenidos-desaparecidos.

Pero la gran mayoría de los dirigentes de renombre de aquel año murió; entre ellos, los dos actores principales de las elecciones del 30 de octubre: Raúl Ricardo Alfonsín en 2009 e Ítalo Argentino Luder en 2008. Lorenzo Miguel falleció en 2002; Herminio Iglesias, en 2007; Saúl Ubaldini, en 2006; Alejandro Armendáriz, en 2005; Augusto Conte, en 1992; Álvaro Alsogaray, en 2005; Oscar Alende, en 1996; y Rogelio Frigerio, en 2006.

Y algunos de los grandes temas de debate en ese período —el terrorismo de Estado y sus secuelas, las repercusiones de la derrota en Malvinas, las negociaciones por la deuda externa, el rol de los medios de comunicación en una sociedad democrática, las inundaciones en varias provincias— continúan en la agenda común, más allá de los cambios registrados con el paso del tiempo.

La Argentina de 2013 continúa ligada, para bien y para mal, a la Argentina de 1983. Sumergirnos en aquellos doce meses sirve para repensar el devenir histórico, cotejar los recuerdos con los hechos concretos y comprender mejor algunas de las complejidades de nuestros días. La multiplicidad de protagonistas reflejados en esta investigación refuta el mito de Alfonsín como único “padre de la democracia”. Esa construcción suele ser instalada en forma deliberada y hasta repetida con ingenuidad. Pero es innegable que hay quienes la proclaman de buena fe. Sin embargo, esa idea simplificadora no representa la dimensión real de los acontecimientos. Sin caer en personalizaciones, las Madres de Plaza de Mayo y gran parte del movimiento obrero fueron artífices imprescindibles de la lucha contra la dictadura y de la recuperación de la democracia.

Es válido, a su vez, analizar aquella época en términos de “empate catastrófico” y “punto de bifurcación” (agradezco al sociólogo Pablo Martínez Sameck por trasladar al proceso histórico argentino esos conceptos, aplicados por el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, para explicar la realidad de su país), porque ayudan a entender esa tensión entre una Argentina vieja, que no terminaba de morir, y una Argentina nueva, con un nacimiento sufrido, encabezado por Alfonsín, plagado de hibrideces y contradicciones. El frustrado “tercer movimiento histórico” proclamado por Alfonsín se enmarcaba en ese intento de construcción de una nueva hegemonía. Por entonces, el espejo coloreado de la transición española, con los tan mentados “Pactos de la Moncloa”, solía ser exhibido como el modelo a seguir. El debate sobre la “democracia real” versus la “democracia formal” creció con posterioridad e incluyó categorías clave como “socialdemocracia” y “populismo”.

Sin ninguna duda, 1983 fue el año de la esperanza y ese sentimiento aún perdura cuando ejercitan la memoria quienes vivieron esa época, con prescindencia de las pertenencias políticas pasadas o presentes. El pueblo argentino estaba repleto de ilusiones y tomó una relevancia, en especial la juventud, que revitalizó a casi todos los partidos políticos y los movimientos sociales. La fuerza todopoderosa de la democracia impregnó el discurso de Alfonsín durante la campaña electoral y se extendió por varios países del sur del continente americano. El sistema recobrado permitiría comer, educarse, curarse, levantar las persianas de las fábricas, desterrar la violencia, entrar a la vida… Hasta muchos indiferentes y colaboracionistas abrazaron esa fe desconocida.

Sin embargo, más de 420 mil personas votaron en blanco o anularon su voto, una cifra que superaba los sufragios conseguidos por Alende, que se ubicó detrás de Alfonsín y Luder.

El último período de la dictadura, la efervescencia de la campaña electoral, los comicios del 30 de octubre, la asunción del nuevo gobierno el 10 de diciembre y los primeros días de gestión del radicalismo son los ejes conductores de un año bisagra en la historia reciente. En las tres semanas finales de diciembre, Alfonsín tomó medidas categóricas para el futuro, como la anulación de la “autoamnistía” establecida por el propio régimen; determinación de enjuiciar a las Juntas Militares y a los líderes guerrilleros; la creación de la Conadep; y el envío al Congreso del proyecto de ley de “reordenamiento sindical”.

Durante 1983, además, se produjeron algunos hechos emblemáticos que perduraron como símbolos de un ciclo: la denuncia de Alfonsín de un pacto militar-sindical; la quema de un cajón con insignias radicales ejecutada por Herminio Iglesias; y la recuperación de la calle por parte de la sociedad, entre otros.

También contribuyeron a ese escenario la actividad literaria, con la edición y reedición de obras esenciales tanto de ficción como ensayos; la producción cinematográfica, que comenzaba a mirar hacia los años oscuros; la consolidación del rock nacional, en un fenómeno que se había iniciado durante la Guerra de Malvinas; el retorno de una considerable cantidad de exiliados, que prolongó el debate sobre “los que se fueron” y “los que se quedaron”; la situación del movimiento obrero frente a la nuevo panorama; y el desempeño de los medios de comunicación, su visión de la transición, el nacimiento de diarios y revistas y los últimos coletazos de la censura.

El fútbol también aportó hechos salientes. El alejamiento de César Luis Menotti de la conducción técnica de la selección nacional y la llegada de Carlos Salvador Bilardo instalaron una polémica que excedía a los aspectos tácticos y estratégicos de ese deporte y que perdura, con nuevos ingredientes, en nuestros días. Otros acontecimientos significativos: el descenso de Racing Club por primera vez en su historia y la reelección de Julio Grondona al frente de la AFA.

El libro consta de nueve capítulos. Cinco de ellos, los que llevan número impar, siguen un desarrollo cronológico de los acontecimientos. Los otros cuatro, los pares, corresponden a ejes temáticos, que pueden leerse de manera independiente del orden establecido. Quienes hayan transitado aquel año podrán revivir, dialogar, polemizar, coincidir, enojarse, con los acontecimientos narrados; quienes no habían nacido o no tengan memoria de ese tiempo podrán encontrarse con un país lejano, pero cercano a la vez, y, con toda seguridad, apasionante.

*Tomado de las “Palabras preliminares” de 1983: el año de la democracia (Planeta, 2013).

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